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martes, 31 de julio de 2012

69.- Algo huele a podrido en la Línea 5. Capítulo 3

Como ya advertí en su día, "Algo huele a podrido en la Línea 5" no es un cuento infantil, y aunque es literatura contemporánea de calidad innegable, incluye pasajes narrados con un estilo que algunos no dudarían en calificar de pornográfico, por lo tanto no apto para menores y tampoco apto para mayores escandalizables o con reparos de tipo moral. Si perteneces a cualquiera de esos dos grupos, no sigas leyendo esto; o si lo lees, no te quejes luego... ¡Pero cooooño!




Capítulo 3

 Mendigo de amor   

     En el reverso de la tarjeta que me había facilitado la señorita Puissy Dove figuraba la dirección y el número de teléfono de la tal Keytee Fodgen. Decidí darme una vuelta por allí para colarme disimuladamente en su piso y fisgonear. Como mi viejo “Buick” agonizaba en un taller de un “polígamo” de las afueras, a la espera de la llegada de unas raras piezas que dejaron de fabricarse el siglo pasado, no tuve más remedio que coger el metro.
     Al no ser hora punta, el “tubo” estaba más o menos despejado de populacho, y pude pillar asiento sin problemas. Pero la tranquilidad duró poco, porque en la segunda estación de mi recorrido entró un vocinglero “méxica” u azteca, descendiente de aquellos que se salvaron de la matanza que Cortés ocasionó en Tenochitlán, dando voces y atizando, como sin querer y como quien no quiere la cosa, guitarrazos a todos los que estaban a su alrededor. ¡Terrible venganza la de aquellos a los que un día nuestros mayores invadieron y ahora invádennos a nos, a puros gritos de rancheras pasionales!
- ¡Líííndo día tengan todos ustedes, mis cuates! ¡Un poquitito de música para amenisarles ahorita mesmo el viajesito! ¡Ay, Chihuahua!
     Nunca entendí lo de "¡Ay Chihuahua!"... Los alemanes no andan por ahí gritando "¡Ay, pastor alemán!" ni “¡Ay, Baviera!”... ¡En fin!
    Comenzó el unipersonal mariachi a entonar la folklórica tonadilla del cono sur “Solo le pido a Dios”… Mentira podrida porque el gachó no solo le pedía a Dios, sino a cualquiera que se pusiera al alcance de su gorrilla. La presencia de un “jurata” en el andén de la siguiente estación, hizo que el callejero “múxica” se callara de golpe y disimulara de mala manera su tinglado de guitarra, carrito con amplificador y flautas andinas. Se apeó, pero, lamentablemente, fue sustituido por un individuo con muy malas trazas, que desconocía por completo el concepto “jabón” y que nos contó a todos que acababa de salir aquella misma mañana de la cárcel, al igual que el día anterior y el anterior al anterior. Con un tono de voz extraño, entre amenazador e implorante, que pretendía infundir una extraña fusión de miedo y compasión, fue caminando a lo largo del vagón, y al constatar que nadie le daba nada y que las mujeres asían con más fuerza los bolsos a su paso, abandonó el convoy cagándose de palabra en cada una de nuestras queridas madres, dando por hecho que trabajaban todas de meretrices. 
     Tomó el mendicante relevo un tullido que según sus propias palabras se suponía tenía sida y lo único que realmente tenía era una pinta de zombi que tiraba para atrás. El mugriento tiparraco tardaba más de un minuto en soltar cada una de sus lastimeras frases y nos tenía a todos amodorrados y medio hipnotizados. Cuando se hubo ido el zombi, entró otro caballero pidiendo limosna. Este al menos, aunque también entonaba el característico tonillo monocorde, era original:
- Hola, muy buenos días tengan ustedes. Miren... Disculpen las molestias que pudiera ocasionarles... Miren, soy un pobre hombre que desde hace un tiempo arrostra de alguna manera lo que es una seria carencia afectiva. Mi mujer (En cierta medida lo que es mi señora esposa) me desprecia. No tengo amigos, ni amantes, ni dinero - que no sé yo ya si pensar que éste último concepto sea la causa de mi desventura - En fin... Si alguno de ustedes fuera tan amable... Por caridad les pido una ayuda... Que solo pido un beso que les sobre, un amago de abrazo, un gesto, una sonrisa... ¡Yo qué sé!... Un guiño de complicidad... ¡Algo sincero! Y si no quisieran darme "afectivo" y tuvieran algo de comer... Un chocho, una polla, un pezón, un culo... ¡Qué sé yo!... Unos morritos, un sobaco, una patilla... pues con mucho gusto se los comería. ¡Es triste pedir pero más triste es violar!... También les estaría muy agradecido si me la chuparan en profundidad... Me da igual el género del sexo/a, pues las circunstancias de la vida me han hecho “hetero”, “bi”, “homo” y lo que haya menester... Para que vean que no les miento, y si quieren comprobar el calibre de mi cipote, me la saco aquí mismo... Vean que tengo una polla enorme, pero con salud... Lleva la pobre en el paro más de dos años y nadie le da trabajo... Además, a causa de una artritis reumática en las muñecas de ambas manos por dormir en la calle ni siquiera me puedo masturbar, “oseas” hacerme lo que es un poco una paja, y no recibo ninguna ayuda de las administraciones públicas... Disculpen las molestias que haya podido causarles y que pasen un buen día... 
     Dicho eso, el tío se sacó de la bragueta una tranca morcillona de dimensiones realmente respetables y la dejó caer sobre con un sonoro “¡plof!” sobre la pernera del pantalón; seguidamente comenzó a andar entre la gente y a mirar a un lado y a otro de los asientos, mientras suplicaba con una voz entre lastimero y macarra... 
- ¿Me la podría chupar, por favor
- ¿A alguien le sobran unos besos sueltos
     La estupenda señora de mediana edad y contundentes formas que estaba sentada a mi lado hizo una seña al pedigüeño, quien se acercó sin recato y se puso frente a ella. La “doña” le desabrochó el pantalón, que cayó a plomo hasta la altura de sus calcetines, y agarró con voluptuosidad mal disimulada el hermoso rabo del menesteroso. Lo miró durante un instante, cerró lentamente los ojos y se aplicó a efectuarle una magistral felación que despertó (porqué no reconocerlo) una sana envidia tanto en mí como entre prácticamente la totalidad del pasaje.
- ¡Churrup, churrup, mmmmmm, gloumpfff, mmmmm! - mascullaba la mujer.
- ¡Uuufff!... ¡Aaah!... ¡Asín, asín!... ¡Me corro, me corro! - replicaba el maromo.
     Una vez acabada la faena, el tipo le dio un leve morreo con lengua a su benefactora, se subió el pantalón, y tras agradecer, como bien nacido (¡Muchas Gracias, señora, que Dios les bendiga!) abandonó el tren como quien no quiere la cosa. Nada más bajarse el mendigo del vagón, una señora comentó en voz alta: 
- ¡Pero qué sinvergüenzas!... A ese cabrón me lo tengo yo muy conocido del barrio... Pero si tiene mujer y dos amantes... Y encima pidiendo...¡Qué vergüenza
- ¡Claro, como siempre hay alguien que les da algo! - dijo otra improvisada inquisidora mientras miraba con desprecio a la caritativa “felatriz”, que se limpiaba indiferente la comisura de los labios. 
     Animados por los primeros comentarios, muchos viajeros se enfrascaron en un fogoso debate:
-  ¡Vamos, tanta hambre que pasan, tanta hambre... y luego follan más en un día que yo en un año!  
- ¡Me han contado que se sacan más de cincuenta besos a tornillo en un día
- ¡Uy, y a éste en especial, que siempre va por esta línea, le echan dos o tres polvos diarios
- ¡La verdad es que la tiene muy limpita, todo hay que decirlo
- ¡Si, la verdad, y más hermosa que hermosa, porque otros se la sacan y tienen una mierdecilla de picha que dan pena!
     Fue entonces cuando la estupenda señora sentada a mi lado me propinó un codazo en el riñón que me hizo despertar bruscamente de mi extraña ensoñación. Me había quedado “sopa” con la cabeza apoyada en su hombro, más o menos a la mitad de la disertación del zombi llorón.
     Me disculpé ante la señora, y con la mejor de las disposiciones y la mayor de las torpezas intenté limpiarle el reguero de babas que involuntariamente le había dejado en el escote. Escandalizada, se puso a manotear histéricamente como si le hubiera caído encima un avispero, la mujer logró que retirara mis zarpas de sus jugosos melones y entre todas las marujas consiguieron que abandonara el vagón entre una nube de bolsazos.
- ¡Qué sueños más raros me asaltan últimamente! - pensé mientras subía las escaleras mecánicas camino de la salida - creo que llevo demasiado tiempo sin echar un kiki.



     La casa de Fodgen estaba a menos de un minuto de la boca de metro, en una esquina entre la 53 y “Prince of Rare CockAvenue, rodeada de bonitas acacias. Curiosamente, esta tarde también estaba rodeada de coches patrulla de policía, cinta de balizamiento con la leyenda serigrafiada: “Policía No Pasar” y furgonetas del servicio forense. Algo me decía que había cumplido más rápidamente de lo habitual con el encargo de Puissy Dove. Apostaría corderos contra pajaritos a que Keytee Fodgen no estaba de viaje; al menos no el tipo de viaje que se acostumbra a contratar en las agencias. 
     Gracias a una placa falsa que me curré con una tapa de aluminio de un bote de Nesquik y a la falaz frase: “¡Teniente Drake, Homicidios!”, no solo corroboré mi lúgubre sospecha, sino que logré traspasar el cordón policial y colarme en la casa. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que allí había un montón de gente echando polvos. Para obtener huellas incriminatorias, eso sí, no vayan a pensar mal del cuerpo (de policía). En el dormitorio del piso de arriba, tendida en la cama como un muñeco roto, yacía el cuerpo ensangrentado de una mujer de mediana edad y cara anodina que miraba al vacío tras sus gafotas de culo de botella.
- ¡Keytee Fodgen! - dije en voz alta. 
- ¡Que te follen a ti, mamón! - el tipo gordo y calvo con la gabardina raída y el puro apagado a medio fumar se giró hacia mí. - ¿Qué te parece? ¡Pero si es Drake! mi metomentodo tocapelotas preferido... ¿Qué coño haces aquí?
- Buenas tardes, comisario Burriana - saludé con un leve toque del índice sobre el ala de mi sombrero - pasaba por aquí y he querido saludar.
- ¡Qué gracioso!… ¡¡Mac Arrigton!! 
- ¿Señor?
¡Saque de aquí a este tipejo antes de que contamine alguna prueba… o nos contamine a nosotros!
¡Un momento, Mac Arrigton! - detuve al agente con un gesto de la mano cuando oí que mi teléfono sonaba en el bolsillo de la chaqueta. Atendí a la llamada mientras el comisario y el forense miraban atentamente una de las paredes de la escena del crimen, concretamente la que estaba decorada con pintura del grupo 0 positivo. Luego me acerqué a ellos por detrás y tras echarles el humazo del recién encendido “Camel” en sus respectivas nucas, les dije: 
- Creo que el asesino pretende decirles algo
     Burriana y el forense se dieron la vuelta lentamente, dando la espalda a las enormes letras escritas con sangre fresca que conformaban la frase "Maderos hijos de puta" y me miraron con desprecio. 
- Además de lo obvio - dijo el forense con sorna - ¿Qué más cree usted que quiere decirnos el asesino
- No lo sé, averígüelo usted mismo - le ofrecí mi teléfono - está al aparato. Dice que quiere hablar con el oficial al mando.

© Rafael Martínez Sainero, Pirata 2012


miércoles, 11 de julio de 2012

51.- Algo huele a podrido en la Linea 5. Capítulo 2


Antes de seguir adelante, debo decir que algunos pasajes de esta novela para adultos pueden herir la sensibilidad de algunos lectores adultos sensibles (o sensibleros) (o tiquismiquis) Así que es mi obligación advertirlo previamente.También quiero dejar claro que los hechos que narra son ficticios, y que cualquier parecido con la realidad tan solo sería pura coincidencia (je je). Para finalizar quiero agradecer encarecidamente el interés que suscitó el primer capítulo y confiar en que los siguientes mantengan el listón igual de alto. ¡¡Pues hala, hala, al turrón!!...


Capítulo 2


Puissy


     Es posible que suene un tanto decepcionante, pero lo que me había parecido una detonación de un calibre 22 corto, no fue sino la explosión de un enorme petardo que el cabrón del hijo del vecino había tirado por el resquicio de la puerta tras la visita de la enfermera mollar; y mi pérdida de consciencia, el resultado del impacto frontal de mis “güitos” contra la angulosa esquina del escritorio al girarme bruscamente. Volví a jurarme a mí mismo retirar el letrero de la puerta que reza “Pase sin llamar” y cambiarlo por otro que diga, en el más puro “caló”: “El ke pase esta puelta y llo lo pille en dentro seba arrepentir de abernacio yjo de puta el que entre y maricona. Me cago en sus mueltos pisoteaos
     Tras el momentáneo desmayo pude ver entre lágrimas a una morenaza de rompe y rasga arreándole un tremendo pescozón al travieso niñato de ocho años, que no contento con perpetrar la trastada del petardo, intentaba levantar la falda de la recién llegada para verle las tangas. El “niñardo” de las narices salió corriendo a chivarse a su hermano mayor, como siempre, y a recibir otra colleja de propina, como casi siempre.
     Me incorporé como pude, retorcido de dolor y frotándome los atributos viriles a dos manos. Me fijé en que la “mamuasel” se fijaba a su vez en mi poco sutil masajeo. Una pícara sonrisa se dibujó en unos morritos carnosos y besables al 250% mientras exclamaba:
- Me alegra ver que le causo tan buena impresión, señor Drake, pero debería intentar controlar sus instintos primarios, al menos hasta la segunda cita.
     Aparté avergonzado mis zarpas de la entrepierna y debí contestar algo ocurrente en un tono atiplado y tan agudo como el chillido de una rata, pero no trascendió. Mientras reponía lentamente mis constantes vitales, observé que llevaba la recién llegada un vestido muy “Cool”, de corte “Baby Doll” tipo “Celebrities”, una prenda “It” muy llevable e incluso “ponible” a cualquier hora del día. Podría decirse, sin temor a equívocos, que su “look casual fashion Super Chic” de la muerte estaba integrado de lleno en el “Street Style” que tanto se lleva esta primavera.
     Se extrañarán vuecelencias del porqué controlo tanto de esos ridículos epítetos anglófilos que describen un simple trapo de mercadillo, pero un servidor no tiene la culpa de que en las puñeteras peluquerías “unisex” solo compren el “Telva” o el “Cosmopolitan” y tarden una eternidad en hacerle unas mechas a una panda viejas que más que un avío, necesitan un remoce. Unisex... ¿De qué? ¿Y el “Marca” o el “As”? ¡Pero cooooño!

     A lo que íbamos… Estábamos en que la indumentaria de la chica marcaba tendencia, igual que don Anselmo, mi vecino venoso del piso de abajo, que una vez recuperado del duro golpe contra el mobiliario, marcaba tendencia a reventar los botones de la bragueta del pantalón. ¡Pues no estaba buena ni nada, la amiga!
     Su aspecto semejaba al de una libanesa de esas que bailan la danza de la barriguita en los bares para turistas de El Cairo. Guapa, morenaza de ojos verdes y pelo ensortijado, labios gordotes y carnosos, tez morena, formas muy marcadas, pechos ni grandes ni pequeños sino todo lo contrario; tenía las piernas bien definidas (sobre todo por la palabra “macizas”) y recordaban a las gruesas columnas del templo de “Belfos”. Poseía la dama un hermoso culo formado por dos majestuosas nalgas que parecían dos planetas gigantes escapados de sus respectivas órbitas entrando en colisión. Las dos semiesferas carnosonas de la semidiosa que tenía frente a mí debían de tener campo gravitatorio propio, ya que al menos mis poco disimuladas miradas y mis manos se sentían irresistiblemente atraídas por su masa y densidad, que así, a grosso modo, y por lo que se podía deducir dado lo ajustado de su vaporosa y escueta falda, parecían considerables.
     La chica tenía un puntito morboso que me excitaba sobremanera (o sobre cualquier otro tipo de superficie) y sus palabras me sacaron de mi ensoñación erótico festiva.
- Buenas tardes, señor Drake. Mi nombre es Puissy Dove y tengo un trabajo para usted.
     Se sentó sin haber sido invitada y una vez aposentados los reales, cruzó las piernas con parsimonia, acto éste que evidenció que el imbécil del hijo del vecino no hubiera podido, de ninguna de las maneras, verle las tangas, ya que no llevaba.
- Pues usted dirá, señorita Dove, soy todo oídos - me senté y me dediqué a ordenar la mesa mientras la escuchaba, intentando  ante todo tapar con papeles las revistas porno abiertas de par en par, que decían muy poco a favor de la calidad de mis lecturas en particular y de mi vida sexual en general. Debería comprar algunos números del “Telva” o del “Cosmopolitan”, pensé, para dar un toque más “Unisex” al despacho.
     La señorita Dove sacó de su bolso una fotografía, en realidad una impresión láser en papel cutre, y me la pasó. Desde el folio, una mujer de mediana edad y cara anodina me miraba tras sus gafotas de culo de botella.
- Keytee Fodgen.
- Bueno, señorita, tampoco hace falta ponerse borde.
- Es su nombre. Keytee Fodgen. Es amiga mía desde el colegio. Solemos vernos de vez en cuando, quedamos a comer o vamos de compras y nos contamos mutuamente cómo nos va la vida. Llevo dos meses intentando contactar con ella, pero no contesta a mis llamadas. Tampoco ha aparecido por su casa, aunque su coche sigue aparcado allí. Es muy extraño.
- No tanto – comenté - ¿Se le ha ocurrido pensar que tal vez esté de viaje?
- No creo, hubiera avisado… aunque quizás… - Dejó la frase tan colgando como las glándulas mamarias de una yanomami del Orinoco, se quedó pensando unos instantes y continuó – ...quizás tuviera que salir apresuradamente por algún motivo. Eso es lo que quiero que averigüe, señor Drake. Necesito saber el paradero de mi amiga, estoy muy preocupada.
    Me quedé unos instantes en silencio, para hacerme el interesante, como si estuviera pensando en el caso en lugar de en sus muslos. Luego dije:
- Bien, aunque ahora estoy un poco liado creo que podré ocuparme del caso.
     Le estaba mintiendo como un bellaco, mi último trabajo se remontaba unos meses atrás, cuando secuestré el caniche de una millonaria y esperé a que la señora ofreciera una recompensa.
- ¿Conoce mis honorarios? – inquirí.
- No tengo el placer, pero seguro que llegaremos a un acuerdo – contestó, haciéndose la “longui” – usted comience la investigación y manténgame informada – abrió de nuevo el bolso y revolvió en su interior, sacó una tarjeta medio arrugada y me la entregó. Sin más se levantó de la silla y enfiló hacia la puerta.
- Adiós, señor Drake, estaremos en contacto.

     La puerta se cerró tras ella y coloqué una silla contra el pomo para evitar contratiempos. Ya había tenido suficiente por una tarde: un majara con ínfulas literarias, una enfermera mollar, el “tontolhaba” del hijo del vecino y aquel monumento a la voluptuosidad que mentía casi tanto como hablaba. Me recosté en la butaca, puse los pies encima de la mesa y encendí un “camel” sin filtro.
     ¿Por quién me tomaba la tipa esta? ¿Por un aficionado? Era evidente que no era amiga de Keytee Fodgen. ¿Una foto de carnet ampliada e impresa en papel es el único documento gráfico que posee de su amiga? Había algo raro en todo aquel asunto. Tal vez pareciera un caso de los del montón, pero cuando Puissy revolvió en el interior de su bolso para buscar la tarjeta pude atisbar durante un momento una magnum del 22 corto, y eso, amigo, hace todo esto mucho más sospechoso e interesante.
- Ahora sí - dije mirando receloso hacia la entrada - ¡Que comience el juego!


© Rafael Martínez Sainero, Pirata 2012

viernes, 15 de junio de 2012

37.- Algo huele a podrido en la línea 5

Una Femme Fatal de rompe y rasga, una maravillosa ilustración de Carlos Nine, una etiqueta de Jack Daniels y Ralph Drake, detective privado, para servir a Dios y a "usté"


El Excelentísimo Ministerio de Eufemismos y Corrección Política me manda una nota en la que me conmina a denominar "Novela Subsahariana" a las dos obras maestras del género literario que antes se conocía como "Novela Negra" tituladas "Adiós Muñeca" y "Detective pribado"... En otro orden de cosas, no entiendo porque los correctores robóticos de estos puñeteros editores de texto me marcan como falta ortográfica la palabra "pribado" cuando realmente quiero decir que Ralph Drake, el detective protagonista, está pribado, o sea borracho, que ha pribado a modo, y que, además, está privado de toda decencia, moral cristiana y un mínimo "saber estar".

Ralph Drake es, además de detective, impresentable. Sus aventuras están escritas muchos años antes del fenómeno "Torrente" de Santiago Segura, y por supuesto, del guión de "No habrá paz para los malvados". La evidente influencia del gran Dassel Hammett y gran su personaje Philip Marlowe, no le quitan a mi querido Drake ni un ápice de su propia personalidad. Y el tono erótico de los textos que narran sus increíbles aventuras, rayano en el porno duro más bizarro, lo alejan definitivamente de sus primigenias referencias... A Dios gracias.

Primera y Segunda edición de "Adiós Muñeca" y única de "Detective Pribado"

El éxito sin precedentes que consiguieron los cinco ejemplares editados de "Adiós Muñeca" y  los tres de "Detective Pribado", me hicieron pensar seriamente en continuar la saga. Las críticas positivas de mi mamá me animaron a empezar una tercera entrega, pero la falta de tiempo, dinero e ideas dejó en el dique seco el proyecto. Años después, gracias a la estupenda política de empleo del Ministerio de Trabajo y a la excelente gestión de datos del SEPECAM, que no sé bien si es un expendedor de guantes para excrementos caninos o el Servicio Público de Empleo de Castilla-La Mancha, tengo todo el tiempo del mundo para desempolvar mi Olivetti manual y ofreceros en primicia mundial, ya sin ambages y sin prólogo, ¡¡a pelo y gratis!!, el primer capítulo de la nueva novela de la Colección "Serie Oscura" de Ralph Drake: "Algo huele a podrido en la Línea 5"  Si es que no me merecéis, so "bandarras". Ah, y agradecer a Juan Manuel de Prada los párrafos prestados de su novela "La Vida Invisible".



Capítulo 1

Despachando, que es gerundio


            La luz del pálido sol de tres cuartos de tarde penetraba entre las rendijas de la cortina a lamas que languidecía ante la mugrienta ventana de mi despacho.
            En las gruesas franjas paralelas de luz sucia, casi sólida, nadaban millones de partículas de polvo en suspensión.
            Polvo en suspensión... – medité - …Coitus interruptus del dios sol con la madre tierra, más que harta de que la jodan a todas horas, deseosa de que llegue la noche... el sueño... Polvo a la oscuridad... Polvo bajo la alfombra... Polvo acumulado... Polvo sin echar... Olvido... Nada... Polvo en el viento...

            Al margen de melancólicas y fallidas metáforas baratas, la triste realidad era que ese polvo en el viento era el resultado inevitable de meses y meses sin pagar los “emonumentos” a Edgarda Dorothy Whasington Peláez, la chacha repúblicodominicana que desapareció por aquella puerta una tarde de otoño, mancillando a voz en cuello, no solo el buen nombre de mis familiares fallecidos, sino el del mismísimo don Cristóbal Colón, que Dios guarde en conserva, y condenándome a un futuro de terribles dolores producidos por no sé qué maldición vudú. Por cierto... ¡Pedazo “emonumento” de pibón de bandera! ¡Qué polvo en el viento o en cualquier lugar y momento que tenía la añorada afrocentroamericana!

            ¿Y a santo de qué se entretenía un servidor en esas absurdas y polvorientas cavilaciones mientras recreaba en mi memoria el enorme culo de Edgarda Dorothy? Pues a santo de que el “tontopolla” que tenía sentado ante mí, un posible cliente, era más pesado que una vaca en brazos. Me estaba contando el tío plasta no se qué hostias de su novia.
- Fue el día en que los aviones impactaron contra las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York. Mi novia y yo estábamos presenciando el horror televisado, el horror repartido por todo el mundo como una eucaristía sacrílega.
            La verdad sea dicha, no me estaba enterando de una mierda. Por disimular, un servidor asentía como un perro de plástico de esos que cabecean en las traseras de los “bugas” de domingueros. Aquel tipo gordo pedante gafotas decía llamarse John M. Pradillo, tenía el pelo engominado hasta la raíces y me estaba dando una brasa de cojones.
- El hermetismo de la metáfora requiere su porción de exégesis. Me fulguró, se lo aseguro señor Drake, viendo aquello palpé cenestésicamente mis futuras dimensiones escatológicas.
- Que se cagó vivo, vamos – acerté a interpretar.
- No, no – me corrigió  - era más bien como si disfrutara de la evidencia de lo que se percibe sin volición. Fue en aquella ciudad pálida de miedo donde sentí por primera vez la pululación de la vida invisible...
- ¡Ajá! - encendí un pitillo mientras disimulaba que había entendido algo - Así que... sintió usted la pululación esa... ¿No es así? – dije, por decir algo.
- Eso es, de la vida invisible... Porque hay otra vida paralela ¿Sabe usted?, tan poco idílica como la que percibimos, pero donde residen las respuestas a los secretos y a las dudas... donde se aclara lo que es verdad y lo que no, donde se criba lo conveniente de lo correcto...
            Pradillo calló de súbito supino, perdió la mirada en uno de los densos haces de luz sucia y se lió a mordisquear como un “venao” lo que le quedaba de uña del dedo gordo de la mano.
            Sus entrecortados sollozos y una vena gorda y palpitante que le cruzaba el cuello de sur a norte me decían que debía poner fin a aquella absurda entrevista. Incluso intenté ayudar en lugar de echarle a patadas:
- Mire, hijo, no sé de dónde se ha escapado ni qué coño quiere exactamente, pero si le sirve de algo le diré que en este mismo edificio hay una consulta de afamados psiquiatras que tal vez le sean de mayor provecho que mis humildes servicios de detective privado.
- ¿Sabe, Señor Drake...? - continuó el majara sin haber hecho puto caso a mi consejo - Con la certeza que otorga la distancia... No la física, que nos separa apenas medio metro y una mesa profundamente carcomida, sino la existente entre nuestros coeficientes de intelecto, me atrevo a manifestarle que si la infancia es - como quería Rilke - la patria del hombre, los amores que alcanzamos a vislumbrar mientras habitamos esa patria adquieren el prestigio de las efemérides sagradas.
            Silencio tenso…
- No claro, si visto así...- dije - ¡Es de cajón!
            La cosa se ponía “chungalí”, así que apagué la colilla del Camel en el desbordado cenicero y deslicé mi mano hasta el cajón bajo la mesa. El tacto de la culata de hueso de mi “Smith & hueson” me tranquilizó, aunque no demasiado, pues el pedante esquizo, ahora anegado en sudor denso, seguía dale que te pego con la “pelorata”:
- ¡Y entonces la oí, sí, la oí, la oí nítida! La voz de Laurita había sonado acuciante, como urgida por una trepidación que intentaba sobreponerse a la consternada perplejidad.
- ¿Mande?
- Que digo que Laurita hablaba muy rápido, que estaba agobiada, que no se creía lo que estaba pasando...
- ¡Ah!
- Si, así era, las palabras de Laurita, como una jaculatoria de incredulidad, se fundían con las del locutor televisivo, incapaz de glosar con coherencia aquella epifanía del caos...
- ¿Pero qué hostias está diciendo, pollo?
- Que mi novia decía las mismas jilipolleces que Matías Prats junior. Y que hablaban los dos a la vez.
            Decidí cortar aquello de raíz:
- ¡Se acabó, que me tienes un poco disperso, ¡Oh Epifanio caótico!... Mira rico, si no sales de aquí cagando leches te vi a meter una jaculatoria de hostias que no te va a conocer ni tu mamá.
            En ese mismo instante entró en mi despacho una enfermera de las de antes, de blanco, con faldita y cofia, que presentó sus credenciales atropelladamente y se hizo cargo del majara.
- Disculpe las molestias, señor…
- Drake, Ralph Drake, detective privado.
- Encantada... Ya me lo llevo… Me he descuidado un instante y el infeliz se ha escapado de la sala de espera de la consulta del doctor Disorder, donde a la sazón trabajo. Le ruego acepte nuestras encarecidas disculpas. Si hay algo que yo pueda…
             Ya lo creo que había algo que ella podía, pero no se lo iba a decir a la cara.
- No, gracias, está todo bien, señoritaaa… - dejé arrastrar adrede tres “aes” para que me dijera su nombre.
- Brunette, Dolores Brunette. Pero puede usted llamarme Lolita. Soy terapeuta pélvica y masajista diplomada por el CCC.
- Mi más encarecidas felicitaciones por sus sugerentes aptitudes. Ha sido un placer, Lolita. Buenas tardes.
            La puerta se cerró tras ellos y las furibundas exclamaciones de Pradillo se fueron perdiendo pasillo adelante.
- ¡Aparta de mí, oh pécora diplomada en atención sanitaria básica, esos ojos que hubiese querido ungir de saliva para inmunizarlos del pasado!
            Con la imagen de las inacabables piernas de Lolita aun en mi retina, y la de sus habilidades en mi imaginación, vacié la ceniza del vaso de cristal de culo gordo y me serví un Jack Daniel´s doble. Me lo había ganado a pulso.
            Aun no había terminado la copa cuando oí la puerta abrirse a mi espalda. Apenas tuve tiempo de girarme. También oí un disparo seco, ¡Bang!, como de “cacharra” de poco calibre.
            Mientras me desplomaba en el suelo e iba perdiendo el sentido, me dio tiempo a pensar una sola frase.
¡Cojonudo, Drake! Ya estamos otra vez en algún fregado… Comienza el juego.