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martes, 18 de febrero de 2014

287.- El Cielo en Ruinas



"En cualquier fiesta" La Mode




Cielo en ruinas

    Había subido las escaleras de un cielo en ruinas y me colé en su interior a través de un boquete en el muro. Risas, olor a sudor, tabaco, besos de bienvenida, alcohol, mucho alcohol. Soledad, mucha soledad. Una miniatura de mujer se me insinuaba agresiva en la distancia. Estaba demasiado borracho para continuar aquel juego. Pasó el tiempo, no recuerdo cuanto; entonces la volví a ver, al fondo, entre decenas de cuerpos intoxicados. Y me pareció ver un ángel del cielo. Dejé de escuchar las voces alrededor, mi mente recuperó la lucidez, un shock, una bofetada de adrenalina que convirtió el vino en agua; yo era el Anticristo en las bodas de Canaán. Y recordé con violencia que amaba con locura a esa mujer. Y la miré, y me dolía mirarla. Ella besaba a su acompañante, y me dolía mirarles, me dolía excitarme con su placer. Y dejé de mirar. Busqué desesperadamente a la miniatura de mujer; ahora sí podía mantener el duelo. Entonces el ángel se me acercó, la oí a mi espalda, la olí a mi espalda, la sentí a mi espalda. Me giré y estábamos solos. Sus labios se unieron a los míos y puso en su beso todo y nada... Todo el amor y todo el odio. Adiós, amor mío, dijo, y me estaba ofreciendo su alma. Y yo le contesté desde el fondo de mi dolor. Mi mente le dijo ¡Quédate conmigo, quédate para siempre a mi lado! y mis labios le mintieron, como siempre... ¡Adiós, cielo, adiós, mi ángel! Ella se fue y la gente volvió, y las risas, y el olor a sudor, y a tabaco... y la borrachera... la tremenda borrachera. Y en la mirada de la miniatura de mujer había sexo, sexo del bueno, y en la mía solo había lágrimas, lágrimas de dolor. Me fui sin despedirme de nadie, atravesé el boquete en el muro y descendí las escaleras de un infierno en construcción.

© Rafael Martínez Sainero, Pirata 1986



viernes, 17 de mayo de 2013

170.- Fiestas que la Insigne Villa de Madrid organiza en honor de su querido hijo y patrón, San Isidro Labrador


He querido dejar pasar dos días desde el 15 de Mayo, para pedirle humildemente al santo patrón de la Villa y Corte, su intercesión divina en el día de hoy. ¡Hace muchos años que no ganamos a los paletos del Real Mandril, mi querido San Isidro, y ya va siendo hora, coño! Ha querido el Señor que sea hoy, día 17 de mayo de 2013, jornada de la final de la Copa de Su tan denostada Majestad el Rey de las Españas, cuando toda tu gloria se vea reflejada en el campo. Tus fieles hemos tenido paciencia Jóbica, hemos aguantado la mofa y befa de los vikingos de los cojones. Oh, Señor... Al igual que en su día enviaste a tus ángeles a ayudar a Isidro en las tareas agropecuarias, mándalos ahora a partirle la tibia al idiota del Cristiano Ronaldo. No te dejes engañar por su nombre, ¡Oh Señor!... solo es cristiano en el carnet y prefiere las discotecas a tus sagrados templos. Imparte justicia, que en el cielo de Madrid solo se oiga un grito esta noche, en la plaza de tu colega el dios del mar, Oh Neptuno, Oh Yavé, Oh La, lá... El grito de los hinchas rojiblancos entonando el glorioso himno colchonero. Aleeeeti... Aleeeeti...!! Atlético de Madrid...


Arrodillados de izquierda a derecha: Isidro, Isidro, Isidro, Isidro e Isidro II. Mítica delantera de la época.

Isidro Merlo Quintana nació en Madrid en 1082. Era un mozo muy buen cristiano que poseía el don de encontrar agua con la ayuda de un palo en forma de “Y” griega, o sea, un zahorí. Algunos de los manantiales que encontró fueron marcados posteriormente como lugares mágicos y milagrosos. Contrajo matrimonio con una moza de La Campiña del Henares, llamada María de la Cabeza. 

Por aquellos tiempos sufría Madrid asedios almorávides (igualito que en la actualidad) por lo que la santa parejita huye a una aldea llamada Caraquiz, donde María cuidaría de una pequeña ermita erigida en advocación a Nuestra Señora de la Piedad. En 1119 Isi regresa a Madrid para vivir en una casa cercana a la Iglesia de San Andrés y trabajar de labrador en los campos de su señor Juan de Vargas.


Son varios los milagros que se atribuyen al santo, encontrándose entre los más famosos el del pozo (en el que las aguas subieron para poder rescatar a su hijo Illán) y el de los Ángeles que araban el campo mientras San Isidro oraba. Vargas, al comprobar que su siervo subcontrataba mano de obra gratuita y que la producción aumentaba cosa mala, le nombro socio de la Empresa. 
Una vez muerto el santo, su fama fue creciendo, los fieles sacaban de cuando en cuando su cadáver en procesión para que Manitú hiciera llover. En el siglo XVI se construyó una iglesia dedicada a San Isidro en la plaza de la Paja, y una ermita cerca del Manzanares. Con el paso del tiempo, el cuerpo del pobre Isi no encuentra descanso, pues Felipe II y su hijo Felipe III lo exhuman una y otra vez cada vez que a ellos o a alguien de la familia real le pillaba un constipado.


Delante de la Ermita de San Isidro existía una pradera donde los madrileños hacían la romería anual. El cuadro “La pradera de San Isidro”, pintado por Goya en 1788, es un ejemplo de la importancia que adquirió esta celebración en el pasado. Veinte años después esta ermita recibe la ocupación de los franceses en la que desaparecen numerosos objetos donados por los reyes. ¡Putos gabachos de mierda… chorizos! 

Es  costumbre, si el tiempo y la autoridad lo permiten, ir a la ermita para beber del caño de la fuente mientras se recita:

San Isidro hermoso, patrón de Madrid,
que el agua del risco hiciste salir…

También se acostumbraba a merendar en la pradera y tomar Rosquillas del Santo (las tontas y las listas) y también barquillos, "torraos", garrapiñadas, encurtidos, escabeches… Igualmente era costumbre adquirir botijos (coloraos de Alcorcón, o amarillos de Ocaña) y pitos con flores de cristal (pitos del Santo). Las bebidas habituales eran los «chicos» de Valdepeñas (vasos de vino), la «clara con limón» y la famosa limoná.



Lilian de Celis "De Riguroso Shotis" (Agustín Lara)





Fiestas que hizo la Villa de Madrid a “santo” de la canonización de San Isidro Labrador

Es Sábado, y de paso, día 12 de marzo del año de Nuestro Señor Jesucristo de 1622. Día de San Gregorio. Estamos en Italia, más concretamente en la Ciudad Eterna, esa en la que confluyen todos los caminos, en el corazón de la misma, en el Cuartel General del Catolicismo, en el Vaticano. Hace un día radiante en una Roma llena de fieles. Hoy hay cartel del lujo: Ni más ni menos que las solemnes canonizaciones de San Isidro Labrador, de Santa Teresa de Ávila, de San Ignacio de Loyola, de San Francisco Javier y de San Felipe Neri… ¡Ahí es ná!... España 3 – Italia 1. Oficia su Santidad Gregorio XV:
¡Sssssh…! Silencio en la Basílica de San Pedro. Ahí vemos a Gregorio XV, vestido de pontifical, entrando a hombros de hombres, como los buenos toreros, y delante de él va una solemnísima procesión con los guiones de los santos, comenzando por San Isidro, por su antigüedad. Siguen obispos, arzobispos y cardenales, cuyo número pasa de cincuenta. Y tras la canonización… ¡Promoción de estreno!: El Papa concede un año y cuarenta días de indulgencia a los que visiten el cuerpo de San Isidro el día de su fiesta, y cuarenta días si lo hicieren durante su octava. Tras la ceremonia, Roma estalla en fiestas.

San Isidro visto desde la calle de Toledo, pegaíto a la Plaza Mayor

Al día siguiente, domingo, 13 de marzo, sale desde el Vaticano la procesión general de los estandartes de los 4 nuevos santos. El de San Isidro se deja en la iglesia de Santiago de los españoles. Y el lunes, 14, se celebra la fiesta en el dicho santuario. Es la primera de las cuatro programadas, ya que San Isidro era el más antiguo de los cuatro nuevos santos. Los 3 días siguientes se hizo la fiesta de cada santo por el mismo orden.
Al mismo tiempo, mil trescientos sesenta y cinco coma dos kilómetros más al oeste, en la Villa y Corte de los Austrias Españoles, el Excelentísimo Concejo de Madrid ordena que se haga una procesión de acción de gracias y se ilumine la Villa las noches del 7, 8 y 9 de abril. Las luminarias brillaron en las plazas de Palacio, en las inmediaciones de las Descalzas Reales, en la Encarnación, y en las iglesias de San Andrés, San Salvador y Santa María. Además se pusieron 519 linternas en las torres de las iglesias de la capital.
  
A primeros de mayo, a vueltas con las dichosas canonizaciones, se fija en las puertas del Alcázar, en las Descalzas Reales y en la Plaza Mayor, el cartel que comunicaba las fiestas de canonización de los 4 santos. Desfilaron los gigantes y cabezudos, se programaron danzas y actuaciones de la banda de trompetas y atabales de la Guardia de su Majestad, así como infinidad de fuegos artificiales. Se hacen juegos de cañas, toro encohetado, etc.
El Concejo de Madrid autoriza el gasto de 20.000 ducados para estos festejos. Lope ha escrito dos comedias, por encargo del Ayuntamiento, "La niñez de San Isidro" y "La juventud de San Isidro", que se representan ante Felipe IV. Después de este éxito – dijo Su Majestad a Lope  – Vuestra Merced habrá de escribir "San Isidro 3, el desenlace".

El Domingo, 19 de junio de 1622, se oficia una misa solemne que oficia de pontificial el Duque Cardenal Lerma. Hay cachondeo al ver al mayor ladrón de España, el otrora duque de Lerma, todopoderoso valido de Felipe III, sermoneando a los feligreses acerca de la humildad de los santos y las excelencias de la vida austera. ¡País!

El Concejo también organizó un concurso de postales castizas "camp" y Vintage que te "kagas", con el tema
"Chulapos, chulapas, Manolos y Manolas"

Luego, procesión de los cinco santos con salida de la iglesia de San Andrés. Acuden 156 pendones de la Villa y aldeas circunvecinas, 78 cruces parroquiales, 9 órdenes religiosas y los miembros de los Consejos que precedían al arca de plata portada sobre un carro con ruedas ocultas, al que siguen desde la Plaza Mayor, Felipe IV, acompañado de Grandes, títulos y señores. Para mayor solemnidad de la procesión, se realizó el siguiente decorado: se levantaron ocho pirámides, dos en la plazuela de San Salvador, dos en la puerta de Guadalajara, dos en la calle de Toledo y dos en la plazuela de la Cebada. El diseño fue obra de Juan Gómez de Mora. Se levantaron nueve altares a lo largo del itinerario. La plaza de la Cebada se transformó en una huerta y jardín, y se volvieron a poner luminarias como en la fiesta de abril.  
Al día siguiente, el desfile de carrozas. Las había alegóricas (de la tierra, el agua, el aire y el fuego), así como la del nuevo Santo, llamada “El Castillo de la Fama”, un carro triunfal con cuatro ruedas, tirado por bueyes, en la que se yergue una majestuosa fortaleza que lleva en la parte delantera la figura de San Isidro, en la posterior las armas reales y en los laterales los escudos de la Villa. A los lados cuatro ángeles, y en lo alto, la fama vestida de blanco tocando una trompeta.


En la jornada octava de las fiestas de canonización, se celebra en el segundo patio del Alcázar, el certamen poético conmemorativo de las fiestas de canonización de San Isidro. El concurso lo gana Lope de Vega, con seudónimo. Se teme que ha sido un pucherazo en toda regla. En realidad lo había ganado Alonso Castillo Solórzano, pero por irregularidades con los seudónimos, le fue retirado. Lo cuenta el propio don Alonso, graciosamente, en el romance: “A un precio que le quitaron (habiéndoselo dado) por mudarse el nombre en un certamen delante de sus Majestades” 
También narró este evento y la relación de los poemas Lope de Vega, quien escribiría “Relación de las fiestas que la Insigne Villa de Madrid hizo en la canonización de su bienaventurado hijo y patrón San Isidro Labrador” (Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1622)

"...En el 2º combate, el maestro Burguillos recita sus extrañas octavas: Isidro, cual Poseidón venido a menos, es traído en carrozas de animales acuáticos y ranas. 
En el tercer combate de la justa, el doctor Pelayo Resura nos obsequia con unas décimas llenas de arcaísmos. El 4º, 5º, 6º, 7º, 8º, 9º y 10º combate no son sino un monólogo del pesado de Burguillos, que nos suelta sonetos, redondillas, romances, canciones y liras a trochimoche, dedicados, no solo a los santos y santa canonizados, sino a todo el puto santoral, que pareciere que ha trincado un calendario y se haya tirado dos años escribiendo el tío plasta para este momento y que nos tiene acribillados a versos, demostrando que domina todas las métricas, pero no la mesura debida con el paciente auditorio.
Continúa el peloteo, mariconadas varias… y oímos a don Francisco López de Zárate, a Pedro Calderón de la Barca (que merece en años tiernos el laurel que con las canas suele producir el tiempo) a Guillén de Castro, Juan Osorio, Juan Pérez de Montalbán, al doctor Mira de Amescua, Antonio de mendoza, a doña Antonia de Nevares, hermosa con tanto extremo, que estuviera disculpada a faltarle entendimiento (que no es el caso) a la no menos bella Inés de Zayas, a Juan de Jaúregui, y a otros muchos."


Don Juan de Tassis, II conde de Villamedina / El Fénix de los ingenios, Félix Lope de Vega y Carpio.
Rafaelillo de Martínez y Sainero, el peor poeta del mundo entero, óleo de Van Brugal, el Añejo.

Pero mientras tal Párnaso de figuras literarias aplaudía a Lope, todos recordaban al gran ausente, a don Juan de Tassis, conde de Villamediana, quien había ganado el certamen de poesía que se había celebrado hacía 2 años, el 15 de mayo de 1620, con motivo de la beatificación del santo patrón, con este bello soneto:

Los campos de Madrid, Isidro santo,
de querúbicas manos cultivados,
fieles responden hoy a tus arados,
fruto de tu gloria por sazón de llanto.

Previsto agricultor, logra, pues, cuanto
el cielo debe a surcos nivelados,
que Elíseos, que diáfanos collados,
nunca dan menos a quien siembra tanto.

Rústicas ya supliéndole fatigas
jornaleros del gremio soberano,
en cuanto rinde el cielo alto tributo,

al sacro labrador le dan espigas
de empíreo campo, al mismo Cristo en grano,
sembrando aquí sus lágrimas el fruto.

Don Juan de Tassis, conde de Villamediana

Y nada más acabar de recitar don Juan su poema, saltó a la arena de la justa un espontáneo, como los de las fiestas de cañas y morlacos, pero en literato. Llamábase el tontolhaba don Rafael de Martínez y Sainero, escribano de la Villa y Corte (de mangas) y Caballero del hábito de Fumar, y vino a sorprendernos a todos con un soneto que bien valía una noche en los calabozos de los alguaciles de la "municipalidá".

Quien sino Dios mueve tu arado,
en labradores trocados los ángeles divinos
cultivan lechugas, tomates y pepinos,
para dejar a Isidro ante el Señor postrado.

¿Quién sino vos merece ser un santo?
Vocé que amasteis hasta a los repollos
y vencisteis tan incólumes escollos
para lucir ahora tan noble manto.

Isidro santo del castizo lar
Deja de rezar un momentico
Y diles a los ángeles del cielo

que se tomen algo en aquel bar,
un pincho de algo que esté rico
y un tintorro del tío Frascuelo.

© Rafael Martínez Sainero, Pirata 2002




martes, 25 de septiembre de 2012

111.- Breves apuntes sobre Madrid

Famoso cuadro de Antonio López y su esquina de la Gran Vía sin tráfico rodado / Póster ochentero de
Javier de Juan titulado "Capitol" /  Magnifica ilustración del nº 4 de la revista "Es Madríd, no Madriz"


"Seguidillas. La verbena de la Paloma" Bretón Hernández

En estos malos tiempos para la lírica que corren, pactado ya el derribo del estadio Manzanares, con los de Apple defenestrando el neón publicitario del Tío Pepe, ahora que se planea convertir el estanque del Retiro en un campo de voley playa, y que me perdone el Doctor Zaius, con muchos barrios de la periferia transformándose poco a poco en "El Planeta de los Simios", he creído conveniente reivindicar mi ciudad natal. Si, esa, el Foro, Magerit, los Madriles.

Nueva York podría considerarse hoy por hoy la capital del planeta Tierra. Pero hubo una época en que lo fue Madrid, e incluso Valladolid. Eran los siglos en los que no se ponía el Sol en el Imperio de los Austrias. Madrid siempre fue ajeno a ello, al Imperio me refiero... ficticia grandeza heredada que venía grande a sus habitantes: a las legiones de mendigos, chulos, putas, e incluso a los hijos de condes y duques que ostentaban los altos cargos públicos y que paseaban sus calles.

Madrid ha sido protagonista de infinidad de importantes hechos históricos, marco de innumerables novelas, dibujada en cientos de cómics, modelo de un sinnúmero de cuadros e ilustraciones... ¿Y cuántas canciones hay sobre Madrid? ¿"Ein"? ¡"Chorrocientas"! Y no todas hablando bien, como nos recuerda el Sabina cuando dice que aquí no queda sitio para nadie y que quiere volverse a Jaén. O como cuando Rosendo, un carabanchelero de pro nos aseguraba que es una mierda, este Madrid, donde ni las ratas pueden vivir. O la muy culé (o culona) colombiana que estaba tan encantada de largarse de aquí en su "¡Ahí te dejo Madrid!... Pues a ver si es verdad que os largáis todos si tan poco os mola mi "Madrí",  tal y como aconsejaban con buen criterio aquellos muchachos de "Séptimo Sello" con su tema "Todos los paletos, fuera de Madrid" (Lo que no molaba tanto ya era el estribillo, pero bueno, no se puede tener todo). 
Los de Ketama sin embargo no ponen tantas pegas.





Entre los grandes artistas que han plasmado Madrid, está sin duda alguna este impresionante dibujante llamado Miguel Navia. Os dejo con él, en un fascinante recorrido por La Gran Vía y sus los alrededores... 


La Gran Vía a pié de calle

La Malonga

La lluvia sobre la Gran Vía

Palacio de la Prensa

Red de San Luis

Y después de esta saludable panzada de tinta china en su mejor versión, dos escenas cotidianas de un Madrid de diferentes épocas. La primera, de los felices cincuenta, con su guardia urbano de casco blanco y todo; y a su lado, otro precioso dibujo de Javier de Juan, de su gran cómic "El Espectador" y la ilustración que abría el capítulo 1 "Así va la cosa".



A continuación una imagen curiosa: El nuevo ayuntamiento de Madrid, antiguo Palacio de Correos, está siendo bombardeado en una plaza de Cibeles sin Cibeles. Ilustración de Francisco Andrea Pezzi que me viene que ni pintada (je, je) para presentar un viejo cómic inédito. "El Pacificador" de Pirata 1980, es la prueba palpable de que no siempre grandes artistas han plasmado Madrid en sus obras. El pobre era muy joven, jo, necesitaba el dinero...





¡Jimmy Carter, alucinas! ¡El rey de los cacahuetes! ¡Qué nostalgias, oyes!... Y hablando de nostalgias, y pongamos que hablo de Madrid, y a modo de regalo de cumple para mi mamá, aquí va un fragmento de uno de los capítulos de mi próximo libro "Una Rosa en Cinco Rosas"...


Historias de la Radio

“Estoy dentro de una galaxia sonora, que es la Radio, la cual se dice las cosas pero no quedan 
constancias, incluso aunque se grabe, porque hasta las grabaciones se estropean.”

Bobby Deglané. 
Locutor de radio


    Mari y su prima Amparito dejaron atrás los Carabancheles y, válganos la redundancia, se fueron en tranvía a la Gran Vía.      
    Estaban muy contentas, ya que hoy iban a asistir como público a la emisión en directo de un programa en la radio que presentaba José Luis Pecker, un tío gafotas con mucha labia y chispeante ingenio, discípulo del gran locutor Bobby Deglané.
    Amparito, que tenía mucho mundo y “conocimientos”, tanto en la SER como en Radio Madrid, había conseguido dos invitaciones; primera fila, por supuesto. 
    Mari estaba encantada de que su prima la hubiera invitado, y con una radiante sonrisa brillando en los labios, cruzó el Manzanares y la frontera que separa el arrabal de la ciudad, la miseria de la opulencia.
    Mari sentía por su prima una sana envidia; Amparito al menos había podido ir al colegio y su familia gozaba de una posición económica que la permitía vestir a la moda y con cierto estilo.
- ¡Ay, Mari, cómo me gusta ese vestido que llevas – dijo Amparito mientras se bajaban del tranvía - era uno de mis preferidos... ¡Lástima que ya esté un poco pasado de moda!
    Cierto - pensó Mari - a ella siempre le tocaba heredar la ropa vieja de su primas... ¡Y menos mal que tenían más o menos la misma talla!
- ¡Pero que conste que te queda monísimo! – concluyó Amparito.

    Tres chavales de tupé a lo James Dean pasaron al lado de las chicas, corroborando la apreciación de Amparo:
- ¡Dime cómo te llamas, muñeca, que te pido “pá” los Reyes! – se arrancó el primero dirigiéndose a la Mari.
- ¡Ay, qué curvas! ¡Y yo sin frenos! – vociferó el segundo.
    Y llegó el último, todo sobrado y con cierta torería, quien, inclinando testuz hacia la morlaca y echando los brazos hacia atrás, va y le suelta a la Amparito:

- ¡Si fueras mi madre, mi padre dormía en la escalera! 
- ¡Y tú con él, so pasmao! – contestó la Amparito, reluciente y chulapa como un sol.

    Y las muchachas, que se alejaban riendo, tuvieron suerte de que no hubieran sido gañanes del sector de la construcción quienes las piropearan, ya que éstos babosos sacos de testosterona no hubieran sido tan finos, y mientras intentan echar un ojo por debajo de las amplias faldas de vuelo de las pizpiretas mozuelas, lo mismo les sueltan lindezas de este jaez:

- Tienes unos ojazos… ¡Que te comería todo el coño! 
- Nena, vamos a hacer magia, yo pongo la varita y tu el conejo.

    Y es que la masiva inmigración del ámbito rural de La Mancha profunda y otras ignotas regiones “paletizadas” estaba dando al traste con el fino requiebro castizo de los Madriles de antaño.

    Las chicas llegaron a la Gran Vía y de nuevo quedaron fascinadas por el glamour, enamoradas de la moda juvenil, de las chicas, de los chicos, de los maniquís...

    En las chapas azules que el Excelentísimo Ayuntamiento de Madrid había adosado a las fachadas de sus imponentes edificios, podía leerse: “Avenida de José Antonio”. Triste homenaje de Franco al líder de la Falange. El Caudillo galleguillo se había pasado por el forro de los mismísimos generalísimos el verdadero nombre de la famosa avenida, y tras ganar la guerra, la había rebautizado. Otros preclaros politicastros, de antagónicos ideales a los del dictador, ya habían cambiado antes que él la denominación de la Gran Vía, que llegó a llamarse “Avenida de Méjico”, “Avenida de la CNT”, “Avenida de Rusia” o “Avenida de la Unión Soviética”.
Menos mal que el pueblo madrileño, que desde tiempos inmemoriales ha demostrado ser sensiblemente más inteligente que sus patéticos mandatarios, siempre llamó a las cosas por sus nombre: Al pan, pan; al vino, vino; y a la Gran Vía, la Gran Vía. ¡Faltaría más!
    Solo hubo un breve lapso en que los propios madrileños fueron quienes cambiaron el nombre a su Gran Vía. Fue durante los bombardeos en la guerra, cuando, por hacer la gracia, la decían “Avenida de los Obuses” o “Avenida del 15 y medio”, en referencia al calibre de los proyectiles que el ejército franquista lanzaba sobre los pisos superiores del edificio de la Telefónica, que era usado como observatorio militar. Muchos años más tarde, infinidad de españoles desearán también bombardear la Telefónica, pero esta vez por el importe de las facturas y la poca transparencia de sus promociones.

Las chicas caminaban alegres bajo los enormes cartelones de los Cines enormes, de patio de butacas, club y gallinero, gigantescas pantallas preparadas para recibir todo el Cinemascope que hubiera menester, eran tiempos en que las salas de proyecciones se merecían en verdad sus grandilocuentes nombres: “Coliseum”, “Monumental” “Palacio de la Prensa” “Palacio de la Música”...  
    Aquí, en la gran avenida de la Villa y Corte, paradigma de la modernidad hispana de nuevo cuño, no tienen cabida los palacios de la pipas de los barrios bajos, con su fila de los mancos, sus sesiones continuas y el pavimento semioculto por palomitas caídas y miles de cáscaras de pipas.

(Continuará)
© Rafael Martínez Sainero, Pirata 2010


Y para terminar este particularísimo homenaje a mi Madrí del alma, un curioso relato escrito a pachas con mi "compi" de letras, Marisol.



La Puerta de MSol


    Hay una plaza en la Villa y Corte de Madrid que, por razones que jamás llegaré a entender, está siempre atestada de gente. Si exceptuamos a los infieles que trafican con sustancias estupefacientes, a las hinchadas palomas, y a cuatro “japos” que masacran a instantáneas la estatua del rey alcalde, el resto siempre lleva una prisa que se las pela; y se esquivan entre ellos y sus infinitas bolsas con destreza adquirida en siglos y siglos de compras navideñas.

    Aquel día fui a misa de doce en San Felipe el Real y me entretuve luego en el mentidero de sus gradas, participando activamente en un corrillo que mezclaba churras con merinas, críticas a la última comedia de Lópe con los recortes de Rajoy, la memorable faena de José Tomás en Nimes con los cotilleos sobre Belén Esteban, y la deplorable gestión de la crisis del gobierno de Rodríguez Zapatero con los del Conde Duque de Olivares.

    Dejo atrás las covachuelas, ahíta de demagogia y mala baba, y me veo inmersa de nuevo en el maremagnum; me dejo arrastrar por una corriente humana que manaba a borbotones de la boca del metro y sin querer, tropiezo con una cosa que han dado en llamar “Kilómetro cero”. Un “gris” me pide la papela y a empellones me mete en los calabozos de Gobernación. En el exterior se oye ruido de campanadas en cuartos y botellas de sidra achampanada “El Gaitero”, famosa en el mundo entero, rotas contra el pavimento.  Intuyo que el Oso y La Mariblanca se vuelven a besar apoyados en el tronco del madroño... Debe ser nochevieja. 
    Unidos el jolgorio y la sana francachela de los “bolingas” a la inquietante mirada de la rata que se ha aposentado en mis rodillas, al filo de mi falda, me invade una morriña de Libertad harto asaz, y le comento al señor agente, impasible el ademán, que me han dado la vez en la cola de Doña Manolita y que tengo cita con una napolitana de crema en “La Mallorquina”. Se hace cargo y como también es del Madrid, como yo, me suelta. 

    Al salir del edificio de Correos, doy de bruces con el caballo blanco de un mameluco del ejército imperial gabacho, al que meto una “mojá” con la “faca” en la barriga. Tras mi humilde aportación al glorioso Dos de Mayo, logro huir de la multitud por unas callejas adyacentes y desemboco en una plaza muy bonita, llena de ventanas y de puestos de objetos de broma, presidida por el bueno de Felipe III... ¡Uf, menos mal! Aquí la gente parece estar más tranquila, como idiotizada por la luz de un sol apaciguador de primavera. Me siento a tomar una cerveza y una ración en una terracita. Lo que no acabo de entender es la sonrisa maliciosa del camarero y su ambigua actitud de frotarse las manos con evidente ánimo de lucro. Me zampo los calamares, engullo a gollete el botijo y salgo de najas (sin pagar, claro está) con un reguero de “birra” en el escote en dirección a la Puerta de MSol... A ver quien tiene redaños de encontrarme allí. Soy parte de su asfalto, de su historia… ¡La novia gata del Tio Pepe, qué coño!

© Rafael Martínez Sainero, Pirata 2012 & Marisol 2012