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viernes, 24 de agosto de 2012

90.- Los ojos de Marina




Los ojos de Marina


    ¿Marina?... ¿Eres tú?

    Millones de gotas de finísima lluvia se estrellaban sobre el pavimento, abajo, en la calle. Ellas podían. El vaho empañó de nuevo el cristal de la ventana y por enésima vez lo froté con la manga de mi jersey. Mi mirada perdida captaba sombras difusas entre la cortina de agua, buscándola.

    Hacía días que no la veía. La tranquilidad de aquella tarde gris embriagaba el ambiente, y la melancolía se mezcló con el humo de mi cigarro, formando densas nubes de humo en el techo de la habitación.

    Hoy la he vuelto a ver; era ella, sin duda. Marina tiene un caminar inconfundible: lento y vaporoso, varios centímetros por encima del suelo, flotando majestuosa, como en un sueño.

    Mis amigos me decían que estaba obsesionado, que Marina me había abandonado para siempre. Pero ella ha regresado; yo la he visto; la veo continuamente. Se esconde en los cuerpos de otras, pero sé que es ella. Siempre es ella.
    Todos me engañan y me dicen que ha muerto… Pero entonces, ¿Por qué entra en mi habitación de vez en cuando? ¿Por qué pasea todos los días indiferente bajo la lluvia? ¿Por qué no deja de mirarme?

    Las manos se tiñeron de rojo mientras abrazaba su cuerpo aun caliente y besaba sus entreabiertos labios. Las luces y los ruidos me envolvieron luego, me separaron de ella y desde entonces estoy metido aquí, mirando tras este cristal, sin poder unirme a las gotas de lluvia que se estrellan contra el pavimento.

    Pero Marina ha vuelto; ya sabéis que a veces me visita, me desea buenos días, un poco fríamente quizás, y me regala un pequeño vasito de plástico lleno de bonitas píldoras. Como siempre, ella quiere que me las trague. Lo hice durante algún tiempo, pero me provocaban mucho sueño y ahora las dejo bajo mi lengua hasta que se marcha y luego las tiro por el retrete.

    Se abre la puerta… Es ella… ¿Qué guapa está! ¿Qué bien le sienta esa bata blanca! ¡Hace tanto tiempo que no nos besamos!
    Creo que hoy la volveré a abrazar… Si… ¡Cuánto deseo ver de nuevo esos ojos que me miraban con sorpresa, tan fijamente… Los preciosos ojos de Marina que jamás volvieron a parpadear.

© Rafael Martínez Sainero, Pirata 1982. 
Del recopilatorio de relatos breves “Manuscritos en el abismo del tiempo



martes, 7 de agosto de 2012

75.- Manuscritos en el Abismo del Tiempo. Bingo


Bingo

  Ellos entraron en silencio, la mirada perdida y la angustia en sus corazones. Poco a poco fueron colocándose en fila y sacaron sus documentos de identificación.
   La sala de recepción se encontraba en un estado deprimente. La tenue luz roja de un fluorescente agonizante iluminaba el lugar y las negras sombras de la multitud bailaban una macabra danza sobre la sucia pared. Dos empleados rellenaban con desgana las fichas de admisión, y un matón, con sus botas encima de la mesa, se sacaba  pelotillas de entre las uñas con un palillo.
   En el salón principal la partida ha comenzado. Los rostros fijos en las pantallas y en los paneles. El sudor frío resbala por las sienes, sienten un estremecimiento de horror que les recorre el espinazo, y en sus manos vibra nervioso el rotulador. La monocorde voz del Jefe de Mesa ha anunciado la partida entre chirriantes sonidos de acople del vetusto sistema de megafonía.
   Uno a uno van saliendo los números: Tres... Cuarenta y cinco... Setenta y Nueve, seis, nueve... Cincuenta... Treinta y tres...
   Los nervios están a flor de piel y nadie se atreve ni a respirar. Por fin alguien salta de su asiento y grita ¡¡Línea!! con todas sus fuerzas. De sus ojos brotan lágrimas de felicidad. Al poco rato, tras la comprobación del cartón premiado, la partida se reanuda.
   De nuevo la tétrica cantinela: Veinticinco... Ochenta y nueve... Siete... Setenta y siete, siete, siete... Diez... y así hasta el final. Un ¡¡Bingo!! salta al aire. El afortunado ganador se sube en la mesa y chillando como enloquecido alza sus brazos al cielo. Los no agraciados se funden en un estremecedor lamento, se arrancan los cabellos y se rasgan las vestiduras de pura desesperación.
   Comprobación, validez, y por fin llega la tan temida hora. De detrás de las cortinas que rodean el recinto surgen hombres enfundados en negras armaduras, empuñando fusiles láser. Sin previo aviso comienzan a lanzar una mortífera lluvia de rayos calcinantes. Los cuerpos se retuercen de dolor mientras son abrasados por las llamas. Entre el holocausto, dos personas aun se mantienen en pie dando saltos de alegría, con sus respectivos escudos anti láser de “Bingo” y “Línea”.
   Las brigadas de limpieza acarrean al poco rato los cadáveres mientras que el Jefe de Mesa anuncia la nueva partida y en Recepción, un matón liquida a un jugador al que se le ha olvidado el carné de identificación.



   Hoy Marta se ha levantado un poco tarde y se ha tomado el desayuno con parsimonia. Cuando suena el timbre, Marta se arregla un poco el pelo con las manos, se coloca bien la bata y se dirige hacia la puerta. Al observar por la mirilla, los ojos de la muchacha se desorbitan. ¡Es el cartero! ¡El cartero!... En nuestra actual sociedad el cartero puede llegar a ser como el Ángel de la Muerte.








© Rafael Martínez Sainero, Pirata 2012

"Bingo" (De la recopilación "Manuscritos en el abismo del tiempo")
Primer Premio del Concurso de Relatos de Ciencia-Ficción de Radio Nacional de España (Radio 3) 1980


Esta es la emisión del relato, narrada por una estupenda profesional (de las ondas) Aurora de Andrés, y que se ofrece por cortesía de "Archivos Paleolíticos Guelox & Sons Ltd."



Labores arduas de prospección arqueológica, paleontológica y de investigación archivística multidisciplinar de que te cagas por la pata abajo, han permitido, también, rescatar de los ácaros del tiempo estas dos magníficas páginas de cómic (inconcluso, claro está) Se las ofrecemos gracias al impagable patrocinio de PACASA (Gran nombre para una empresa con alto índice de despidos) Y os juro por los clavos de Cristo crucificado que era el nombre real de la empresa del Bingo donde trabajé el siglo pasado.